La vida nos fue dada para desarrollar propósitos, metas, objetivos y todo lo que nos permita ser útiles para beneficio de los demás y no desarrollar el ejercicio de los parásitos que lo único para lo cual fueron diseñados es para vivir dependiendo de otros, pues son como inquilinos o comensales viviendo de sus semejantes, siendo abusadores, y explotadores que finalizan su destino por el camino de la inutilidad. Nuestro amado señor Jesucristo desea que cada uno de los que nos denominamos discípulos produzcamos los frutos o metas para los cuales fuimos engendrados.
Para este fin se requiere de un elemento fundamental como lo es la unidad, que va muy ligado a la obediencia, la cual tambien es vital debido a que con ella seguimos al maestro que nos ayuda, nos enseña, nos dirige, nos forma, nos instruye, estructura y esculpe los fines en la mente y el corazón del hombre que acepta el perdón de Dios, con la ingeniosa y poderosa ayuda del Espíritu Santo.
Cuando aprendemos a obedecer las situaciones en nuestra vida funcionan de forma automática, debido a que los buenos hábitos nos lanzan por el camino del éxito, de lo contrario con la rebeldía, anarquía y demas sentimientos que nos aparte del buen discípulo generara que el proceso se descomponga y se convierta en carga, stress, yugo, pesadez, aburrimiento desenlazando hacia el final una obstruccion del trabajo emprendido por Dios.
Cuando obedecemos podemos fácilmente, entender, aceptar y cumplir con el fin de la unidad y el estar dependiendo de Dios se convierte en una costumbre o algo innato en nuestras vidas, por lo tanto es imposible vivir separados de El y caminar solos se convierte en un peligro para nuestra vida integral, ya que es como si anduviéramos en medio de lobos o leones hambrientos deseosos de saciar su hambre, porque estamos en el campo del enemigo caminando por terrenos minados y peor aún sin poder ver en la oscuridad del pecado y la maldad, debido a que no hay nada ni nadie de buen ejemplo quien guíe nuestra vida.
Es por tal razón que Jesús insiste que es necesario depender totalmente de El para poder dar frutos, ya que si Dios nos ha dado capacidades, El mismo conducirá y preparará nuestras vidas para que den su fruto a su tiempo. Esto se cristalizara con el trabajo de Jesús realice con nosotros, debido a que nos tomara como aquel diamante en bruto que requiere ser pulido en el taller del maestro para estar en las condiciones apropiadas de lucir nuestro esplendor.
Cuando estamos unidos a El entendemos que para crecer y dar frutos es necesario depender de su fuerza, inteligencia, sabiduría, poder y como consecuencia el éxito tocara a la puerta y abrirla los frutos se manifestaran en el presente y futuro de nuestras vidas, siendo utilizados para bendición según la perfecta soberanía de Dios.
El no estar unidos trae consigo cuatro consecuencias que son difíciles de remediar. En primer lugar el no estar unidos al maestro como verdaderos discípulos trae consigo ser suspendidos, es decir, como lo expresa claramente la palabra de Dios, seremos cortados del árbol, como consecuencia de no producir frutos, por lo tanto no recibiremos del señor lo necesario como provisión que nos permita ser productivos y seremos iguales a la rama que no recibe la sabia para continuar con su propósito, en ese instante el sembrador ya no cuenta con nosotros para realizar su voluntad.
Como parte de un proceso improductivo a esto se da un segundo paso y es el que seamos expulsados, es decir, que una vez se suspende la provisión de la sabia, la cual es fundamental para cualquier rama que desea llevar o producir fruto, el sembrador toma esa rama y la expulsa a un lugar apartado del árbol, es decir, que en ese instante estamos completamente desamparados de la gracia y provisión del gran maestro, por lo tanto ya no estamos cerca sino aislados y desprotegidos con la probabilidad de ser los más improductivos del momento.
Enseguida se producirá como consecuencia de la separación que existe entre la rama y el árbol y del tiempo que transcurra en el estado de soledad; el que seamos desecados, es decir, que ya nuestra vida haya llegado a la muerte productiva, pues como consecuencia de la separación de la rama y del árbol es que ésta se seque y no haya esperanza de generar un nuevo fruto, ya que si no recibimos nada de Dios, de igual forma nada daremos o produciremos, es decir, que nuestro tiempo de ofrecer a otros bendición terminará.
Finalmente, a la consecución de los anteriores estados llega el estado más crítico del ser humano como el de la rama, la cual es lanzada al fuego por ser improductiva, es decir, que si no servimos para cumplir el plan diseñado por el arquitecto, entonces será necesario que desaparezcamos y no seamos tenidos en cuenta para futuras oportunidades de cumplir ese fin, por lo tanto seremos quemados para no estorbar a otros discípulos que desean desempeñar su trabajo para el cual fueron creados.
Por lo tanto es necesario que vivamos una vida de obediencia y unidad continua y una relación estrecha para con nuestro Dios y así seamos tenidos en cuenta para llevar frutos y que sean caracterizados por la abundancia y como consecuencia de ello el sembrador ofrezca su cuidado a nosotros para que la productividad sea cada vez mayor.
Si actuamos como verdaderos discípulos con obediencia y disciplina encaminados o enfocados hacia la unidad, estaremos seguros que Dios intervendrá a nuestro favor y pronto tendremos frutos abundante y recibiremos la paga la cual se traduce en recibir de El lo que le pidamos.
Amen
Edgar Rodríguez Toro









